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Odio mi trabajo. Sí, qué pasa, es la verdad.

Trabajo en un callcenter, de seis de la tarde a dos de la mañana cada sábado y domingo, cada día festivo. Vivo al revés, cuando el mundo descansa yo trabajo, cuando la gente fiestea, se va de conci, se marchan de finde….yo trabajo. Odio mi trabajo. Y no lo odio porque yo trabaje cuando el resto del mundo acostumbra no hacerlo, lo odio porque tengo que lidiar cada día contra la estupidez humana y para los que me conocen, saben que eso es algo que me pone muy nerviosa.

Cuando acepté mi puesto creí que era una mera cuestión temporal, unos meses pringando y haciendo el capullo porque mi prometedora carrera de Comparatista me iba a dar una flamante beca con la que iba a poder desempeñar un máster de infarto, un doctorado de derrame y una tesis de cagarse. MEC ¡¡ERROR!! Las circunstancias de la vida no lo quisieron así y en octubre de este año haré tres años en mi divina empresa.

Al principio lo llevaba bien, quitando el detallito de la moqueta podrida de mierda que había que pisar cada finde. Asentabas tu gordo culo en una silla infesta y rota, encendías un ordenador regido por una docena de enanos a pedales, te ponías los cascos que se caían a cachos y empezabas la batalla. Desenfunda vaquero, ya llega la marabunta de ineptos. Pero era cómodo, cuando hacía frío estaba calentita y cuando hacía calor estaba fresquita. Que no limpiasen los baños, que donde comíamos apestase a basura o que un hijo de puta nos la liase cada noche eran cosas secundarias…porque oye, es un curro y tener tu sueldo a fin de mes es un lujo que ahora mismo no todo el mundo posee.

Pero te vas quemando, te quemas de la poca educación que tienen las personas, de que te consideren máquina, de que te crean que eres su putita dispuesta a abrirte de piernas para que te embistan con su apabullante estulticia. No os llevéis a engaño, los callcenter no son las líneas calientes de los imbéciles, somos personas (algunas más que otras), curramos como cabrones ocho horas sin parar, con 5 segunditos de mierda entre llamada y llamada para poder respirar y ponernos una coraza de hierro que haga que no te afecte que el hijo de la gran puta de al otro lado del teléfono te acabe de decir que por qué no te dedicas a vender gusanitos y que se caga en tus muertos.  Gracias, yo también me cago en los tuyos. Pero no puede ser, le dices educadamente que hasta aquí ha llegado la llamada y le pasas con su encuesta, para que te ponga un cero y a correr(se en tu cara de constreñida).

Y así pasa el tiempo, donde había una oportunidad de ganar pasta y contribuir para quitar gastos, aparece de la nada un inmenso dildo espinado dispuesto a coronarte con una dulce sesión de sodomía. Tras unos años aquí te ves tonta y vulnerable, dependiente de un sueldo mediocre, a veces trampeado por recursos humanos, que es lo único que te hace seguir. Y ahí el devenir de las ondas del agua, los microorganismos desarrollando su podredumbre, el hedor del agua estancada violando tu triste inocencia perdida.

Fernando Melo, Budi Agua Estancada, Llico, Arauco.

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