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El verano es lo que tiene, mucho mirarse al espejo y mucho cuestionarse. Ya lo hacemos a lo largo del año pero en cuanto Junio tintinea sus campanas, ya estamos paseándonos en ropa interior por toda la casa para someternos a severos juicios personales: “¿Estoy preparada para salir de esta guisa a la piscina?”, “Dios mío ¡¡Esta celulitis no la tenía yo antes!!”, “Juraría que a mí este bikini antes me tapaba más el culo ¡¡estoy hecha una bola!!” , “Con esta barriga casi mejor que me planto un bañador…bah, este año no bajo”, ” Uf, qué desasosiego… mejor me quedo en la sombra con mi vestidito y al agua me meto cuando nadie me mire” 

Y podría seguir, pero para qué si ya sabe todo el mundo de lo que hablo. Recientemente he estado leyendo un libro que nada tiene que ver con esto, pero en determinada parte se le daba cierto arraigo al tema de la preparación física. Digamos que hay que ser realistas, es cierto, estar en forma es salud, podemos planteárnoslo de la siguiente manera: 

-El atardecer daba sus últimos coletazos en el horizonte, aparecían tímidos algunos murciélagos revoloteando sobre las luces intermitentes de las farolas, que se resentían por la falta de mantenimiento y estaban a menos de un suspiro de morir. Morir… hay tanta muerte en estas aceras. Desde que nos vimos sumidos en la catástrofe del Ébola han muerto muchos, madres, padres, hijos…Ayer vi la cabeza de mi vecino rodando como la ruleta de la fortuna calle abajo, diría que rebotó contra el buzón. Del estruendo empezaron a salir esas cosas mutantes de sus rincones, no lo soporto… esos gruñidos, ese desgarrar de la carne marchita. Todos creímos que eran cosas de Hollywood, esa pantomima absurda de zombies, del no-muerto, de los caminantes…tantas series, tantas mofas y ahora ¿qué? Estamos absurdamente preparados en la teoría pero…¿Lo estamos físicamente? Si una manada de esos cabrones se me echase encima no duraría ni dos segundos, me tropezaría o acabaría ahogada por mi propia sangre fruto de un esfuerzo al que no estoy acostumbrada. 

Y es que joder, yo fondo no tengo ninguno. Cuando echo a correr para llegar al tren me sabe la boca a sangre del esfuerzo y toso como un carretero pese a que no soy fumadora. Sudo como gorrino, me corren gotas de sudor hasta por entre las nalgas ¡¡Por todos los Dioses!! eso debería estar prohíbido. Con esto quiero decir, que a día de hoy si una catástrofe que requiere de mi resistencia física ocurriera, estaría muerta. Y francamente, viendo cómo está el mundo no me parece una idea tan descabellada. Echar a correr para salvar la vida ¿Cuántos de nosotros tienen realmente resistencia para ello? Mi amiga Helena, de la Central de Pole, que es una jefa y yo no lo sabía pese a que estudié con ella, me dijo una vez algo que me marcó tanto que no paro de repetirlo, y es que si alguna vez se quedase tirada en medio de la montaña y alguien le lanzase una cuerda como última salvación, no la habría podido subir y habría perecido en el monte devorada por los osos, por el tiempo o qué sé yo. Y aprendió pole, y ahora es toda una diosa de la barra y no se quedaría abandonada en la montaña. Pero claro, no todos estamos dispuestos a pasar por determinados trances de gimnasio y es que en incontables ocasiones la fuerza de voluntad no es nuestra aliada pero sí nuestras inseguridades. Éstas ganan, en consecuencia, nosotrxs perdemos. 

Quitando esta parte obvia, viene la parte compleja del físico. Y es que joder, para todos los que tenemos complejos levantarse cada día y autoconvencerse de que hoy no te vas a hacer ningún reproche es una ardua tarea. Y es que señores, es bien sabido por todos, las presiones que ejerce la sociedad sobre el físico pero déjenme decir que nosotros somos nuestro peor enemigo. Me encantaría inmolar esos prejuicios de mierda que todos tenemos y que me avasallan el cerebro sin previo aviso ¡pum! como una bala recorriendo un rasante camino desde mi lóbulo frontal hasta mi cerebelo. “Qué goooooooooooorda está esa hija de puta” Y sorprenderme a mí misma por haber pensado semejante atrocidad con la que ni siquiera estoy de acuerdo. Reprocharme ávidamente con un ¿¡Qué cojones…!? y nunca llegar a entender por qué tengo semejantes pensamientos si ni siquiera van conmigo. Admito meterme grandes sesiones de espejo nocturno, examinarme y pensar que mi cuerpo no es el reflejo de lo que soy. No sé por qué, no se corresponde. No pienso en grandes piernas lisas y tersas, ni en nalgas duras como piedras o en mega pechotes mimetizados con mis amígdalas. No es eso. Pero hay algo ahí, un cortocircuito, algo que merma mi personalidad porque me avergüenzo terriblemente de mi cuerpo. 

La danza me ha ayudado bastante a sobreponerme con estos pensamientos. El primer año fue la prueba de fuego: “levantarse la camiseta” liberar la chicha, desbordarme en público, dar a conocer mis atributos de Venus de Willendorf, un aquí estoy yo y mi lorza rellena. Lo superé. Me levanté la camiseta es cierto, pero no puedo decir que esté más en paz conmigo misma. Fue un avance porque de alguna manera te ayuda a cambiar el concepto de ti mismx y tu cuerpo pero bien es cierto que mi tripa nunca ha sido mi mayor complejo con lo cual tampoco supuso un antes y un después como tal. No sé, todxs lo tenemos, esa zona maldita del cuerpo que hace que desees diluirte en la inmensidad con tal de no tener que mostrarlo. Y si lo pensamos fríamente es ridículo, porque la gente suele pasar por alto esas cosas a las que nosotrxs prestamos demasiada importancia. Y lo peor de todo, LO SABEMOS. Pero joder, ese puto momento terrorífico, apabullante, espantoso de encontrarte en un piscina o en la playa y comenzar el ritual… 

– Daniela nunca ha sido una amante empedernida de su cuerpo, es algo que la gente de su alrededor intuye por los comentarios que deja resbalar de sus labios de vez en cuando. A veces por ese impulso TOC irremediable de no parar de bajarse y alisar una blusa que le queda perfecta pero que ella siente incómoda, pegada a sí, acentuando sus curvas secretas.

Aquellas vacaciones de verano decidieron ir a la playa, eran doce, 5 chicas y 7 chicos, y qué maltrago. Empezaron a adentrarse en la arenosa playa, quemaba pero no sin cierto regusto a libertad. El olor salado de las olas, las gaviotas oteando su próximo robo y la inmensidad turística esparcida aquí y allá con sombrilla, protector y tortilla de patata. Un imperio oscuro de plásticos y mala educación. Pero en fin, allí estaban, dispuestos a degustar cada segundo del día. 

El sol apretaba, estaba ya bastante alto ejerciendo su poder ante la multitud. El Dios Ra repartía disciplina, caldeando el ambiente, bronceando cuerpos, dejando su eterna marca cangrejera. Los chicos empezaron a quitarse las camisetas entre barullo y bromas, algún insulto divertido y mucha broma obscena sobre la consistencia del protector. Las chicas se daban crema unas a otras en cadena, para acelerar el proceso y nadie reparaba en Daniela. 

Daniela sudaba, y no por calor. Sabía que llegaría el momento pero no contaba con el ataque de ansiedad. Le había pillado desprevenida. Sabía que lo mejor era afrontarlo. Cogió aire, llenó sus pulmones hasta el límite y contuvo el aliento unos segundos. Soltó una bocanada con el primer botón de la falda vaquera, otra con el segundo, un gemido con el tercero. Resbaló el pantalón hacia abajo siguiendo la curva natural de sus caderas. Sus caderas anchas y primitivas, las que facilitan el parto, las que le hacen comprarse una 44 y no una 40. Nota cómo la tela se posa en cada ápice de su piel de naranja, cómo se descubre su insultante celulitis, cómo se le juntan los muslos del sudor, aprecia las irregularidades de sus aductores, los cuales no ve porque está gorda. El pantalón cae precipitado hacia sus tobillos. No se atreve a levantar la mirada. Se avergüenza, sufre. Ahora la camiseta. El ombligo asoma curioso, se le eriza el bello con el contacto del aire calentorro, presenta a su abultado vientre, 68 kilos de amor a la comida. Le siguen unos pechos pequeños, informes, normales, casi en pico. Respira hondo. Se agobia. Suda.”Bueno, es lo que hay” piensa. Extiende la toalla y coge el protector, el cual se da sentada. Sin cadenas, sin bromas, avergonzada de que no la toquen, pero aún más avergonzada si la tocasen. 

El grupo corre en tropel ajeno a su turbación. “”¡¡Vamos Daniela, al agua!!” se oye de fondo, y de sólo imaginarse correr a cámara lenta con toda su grasa cediendo ante la cruenta gravedad, se quiere morir. Por la noche saldrán de fiesta. No cree que ligue pero si lo hace, tiene claro que el sexo mejor con la luz apagada. 

En resumidas cuentas, cada día es una lucha con la aceptación. Muchas veces una cosa es lo que uno desea y otra lo que nuestra cabeza nos permite. Son años de maltratos, de insultos, de intentos fallidos… Deberíamos poder comprender y aceptar que el cuerpo es sólo una cáscara y que no tiene más importancia que eso. Que lo importante va dentro, que lo relevante es lo que expresa esa mente pero a menudo más que cáscaras son cárceles. Muchas veces por malos hábitos, otras tantas por problemas hormonales o la maldita genética. Y ojalá todo fuera tan sencillo como levantarte un día decidiendo que no vas a odiarte, pero aaaaay calamidad, tantas buenas intenciones que se quedan a medio camino.

A esto tengo que añadirle algo, y es la ligereza con la que mucha gente opina ante estos complejos y suelta maravillas del calibre “Si estás así es porque quieres” o “Es super sencillo, márcate una meta y mátate en el gym” o qué sé yo. Pero es que me temo que para alcanzar esas “metas” hay que derribar muchas barreras mentales primero. Años de traumas que se quedan perennes y que actúan como frenos en todas estas ocasiones. En muchas ocasiones el cambio primero se tiene que dar por dentro, y es precisamente eso lo más complicado de transformar. 

 

Curvas

Para todxs lxs que sufrimos estos complejos. Sabed que no estamos solxs y que hasta que no derribemos esas barreras absurdas, no debemos parar de luchar.

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