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Toda una vida.

Años de ensayo y error.

Épocas de desidia.

Máscaras de piel líquida.

El proceso de encontrarse es complicado, pero más aún lo es reecontrarse. Son años de pruebas, de experimentos indecibles testados en un alma proclive al shock nervioso. Terminaciones nerviosas expuestas al calambre que provoca el fracaso. La mediocridad por bandera, alzada al viento en pos de una ideología tambaleante.

Ya sé, encriptado pensamiento. Pero una conversación, hace unas cuantas lunas, me provocó pensar en esto de una forma bastante íntima. Las personas que le damos mucha importancia a la identidad que nos define pasamos muchas horas meditando acerca de lo que nos representa, los libros que nos amueblan la cabeza, las ideas que te arropan en noches de frío, los ideales que alzan puños al aire, la apariencia de una primera impresión, la impronta de un poema prematuramente parido.

Desde la adolescencia buscamos en constante agonía nuestra identidad. Sin ella no somos. Sin ella no nos definimos. Ella es nuestro DNI, nuestro pasaporte al mundo social. Ella nos encasilla en nuestro grupo predefinido, con ella abrazaremos a nuestros iguales en aquel garito de mala muerte, donde hasta los besos robados están rebajados con agua. Pero allí somos, allí existimos, allí nos definimos. Y en ese transitar nos vamos descubriendo.

Con los años nos refinamos, los hay quien tiran la toalla y se limitan a sobrevivir; los hay que llevan su imagen al extremo y olvidan su mente en el camino, tirada en la cuneta más próxima al prostíbulo de carretera, con las bragas a medio subir y agujetas en la mandíbula. Y los hay que se desgañitan, a los que se les quiebra la voz, desgastada de tanto gritarle a la vida que se ven a la salida.

En fin, que a través de la música, la ropa, la literatura…nos creamos un corpus de gustos y disgustos. Un aquí estoy yo indiscutible. Sin embargo, en el viaje descolocado entre el vivir y el morir, a veces los cimientos caen y hay que reconstruir. Y en esos momentos, tu cuerpo, carcasa vacía llena de eco, hace gárgaras con ese sentimiento pueril que es el no-encontrarse. No hay sentimiento peor que reconocer pero no reconocerse. Que saber que eres tú pero mirarte al espejo y ver que tu reflejo no eres TÚ. A veces pasa, una racha, una crisis, un horror. Y empiezan los renuevos de armario, los tintes en el pelo, los cortes radicales de melena. Las sesiones de películas de Serie B, las revueltas musicales a todo volumen escuchando The Cure, Bauhaus y a Prokofiev. Leyendo poesía maldita, maldita poesía. Buscando(te) entre versos.

Y de repente un día comprender que nunca te fuiste, sino que a veces te desvías del camino pero que todos llevan a Roma, aunque nunca hayas estado ahí. Que con paciencia y tesón igual te encuentras o igual no. Y si te pierdes no te queda otra que re-crearte y esperar que esta vez te guste. Pero es una crisis, y como situación crea un pequeño trauma a solventar. En ese proceso nos sentimos desubicados, indefensos, ridículos, estúpidos. El terrorífico yo antes no era así, y gustarte más antaño que el año presente. Y luchar contra eso es un totum revolutum de sentimientos incongruentes entre sí porque pensarte es como encontrarte con tu yo del pasado en un futuro inaudito y que alguno de los dos se desintegre. Es como una canción escuchada tantos millones de veces que ya no te eriza los cabellos de la nuca; hasta que un día después de varios años, suena en aquel antro de mala muerte y re-descubres el universo de aquella grieta emocional henchida de magia. Es el juego del escondite más íntimo de nuestra puta vida, cuando tu yo decide huir para esconderse en un agujero negro y no volver hasta que entre tus costillas no retumben las estrofas adecuadas.

Y pese a todo vuelve, así si no os encontráis no desesperéis. Tan sólo tenéis que leer el libro correcto, tararear la melodía idónea. Saborear ese espasmo atónito, llave de esa cerradura que creemos oxidada.

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