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Desde hace un tiempo los amaneceres son complicados. Sí, se aclara el cielo, el rocío yace impecable sobre las hojas, el frío se afila las uñas y de pronto ese óvalo dorado y prohibido que quema y abrasa como un alma henchida de odio, lame el horizonte… pero es que con él empieza el día y joder, con él empieza la lucha.

Cada día es un ponerte el traje de batalla, un restallo de ira contra la humanidad que hay que saber domar, una sed insaciable de sangre que tan sólo se calma apretando mucho los ojos, tanto que ves los pequeños destellos de la nada a través de tus párpados. Pero hay que luchar, hay que levantarse y alzar las armas porque sino la vida te devora por los pies.

La vida se ha convertido en algo frívolo por lo que pasar, desde que anunciaron que el Ébola entró en el país la gente ya sólo se toca con los ojos. Se miran y a través de ese hilo inexistente se besan los enamorados. El calor que desprende un abrazo se lo han quedado los políticos. Seguro que tienen una habitación secreta, escondida burlona en algún lugar, donde guardan en botellitas de cristal murano nuestras risas. Por cada frasco colmado de amor al prójimo, tienen tres garrafas de mentiras y miedo.

En fin que la gente ya no se abraza, un latigazo de pavor les sacude por dentro de solo pensarlo. La cosa empezó con un tímido cogerse de las manos con guantes y acabó en esto, en la distancia dura y tangible de un día gris. El Gobierno ha jugado sus cartas está claro, lo puedes llamar Ébola, Crisis o lo que tú quieras, lo único que buscan es minar la confianza del pueblo para que éste se resquebraje como hace el barro expuesto mucho tiempo al sol. Que la humanidad se olvide de la humanidad. Por eso mataron a Excálibur, porque él era el pasaporte a un Estado de pánico perpetuo donde la semilla plantada germinaría hasta que su veneno fuese lo suficientemente potente para matarnos por dentro. No se trata de fiebres, vómitos y hemorragias, se trata del exterminio a gran escala de la humanidad/humanidad. Es una guerra silenciosa, es una batalla perdida.

Pero que seguimos haciendo nuestra vida, sólo que sin abrazos, ni besos, ni siquiera aspavientos de enojo arraigado en lo más profundo de tus entrañas. Lo que han matado es la emoción, la pulsión, el ímpetu… lo que nos define. Nos han sumido en el miedo más profundo, antes era Dios, después fue el Dinero y hoy es el Ébola. Pero no pasa nada porque aún tenemos los libros para revivir aquellas sensaciones y es que dejaron de hacer teatro porque era jugársela demasiado, las películas empezaron a desaparecer poco a poco -ahora todo se hace por ordenador-, el deporte al aire libre, en definitiva, todo lo que implicara contacto… Lo cierto es que los parques están desolados, juraría que los oigo sollozar por las noches aunque pensándolo mejor, quizá sea el viento azotando las cadenas de los columpios. Cadenas que se han convertido en grilletes invisibles, que lejos de elevarnos para atrapar el sol nos anclan a una tierra vil donde la estúpida creencia de unos pocos tiene más valor que la del resto.

Así que ya no soñamos con el coche más caro ni con la casa en la montaña. Soñamos con el tacto de la arena mojada bajo los pies, con un agua cero calándote los huesos o con un soplo de aire templado contra tu cuello, fletando un escalofrío aventurero desde la coronilla hasta la punta de tus dedos.

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