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Desde hace un tiempo me enfadé con ella y no la volví a invitar a merendar, me tocó las huevas. Y peor para ella porque he de decir que soy bastante ducha en repostería, no la profesional sino la de andar por casa. Cositas naturales y de buen sabor, como antes; sin cochinadas por encima.

PoisonEl caso es que me encendió la llama homicida, siempre con ese querer arrancarte las entrañas, los susurros malintencionados al oído recordándote todo aquello que ya no está, creando ese maldito vacío interior que crees que va a matarte pero no, y luchas cual condenada para salir del hoyo en el que de repente te ves inmerso. ¡Joder! ¡Que yo sólo la invitaba a tomar puto té! Y la muy desgraciada me sumía en un mundo de sombras que ni yo recordaba que tenía metido en la mochila.

Total, que le dije que ya estaba bien, que así no podían seguir las cosas. Una cosa es que yo te invité a tomar un té con mi famoso bizcocho de manzana y canela, y otra muy distinta que se me presente en casa con una bandeja de recuerdos olvidados que a ver a cuento de qué me tengo yo que comer. Así que le inquirí que como siguiera así, ella y yo íbamos a acabar muy mal pero como soy del género bobo, le di una última oportunidad.

Mira que yo no soy muy de ultimátum, que aquí cada cual puede hacer lo que salga de las ingles y santas pascuas pero en esa última intentona, de repente sentí ese crepitar en la caja torácica que te abraza hasta asfixiarte, ese filo afilado fulminándote con un fuego helado el follaje de tus pensamientos más íntimos, sacudiéndote por dentro como una descarga eléctrica… y ya no lo pude dejar pasar. Por ahí ya sí que no.

Nos gritamos mucho y nos llamamos de todo, la verdad fue una época dura porque bueno, fuimos buenas amigas sin embargo, a veces las mejores relaciones tienen que terminar porque te devoran por dentro hasta dejarte una cueva vacua llena de eco disoluto. Y en fin, que la mandé a tomar por el culo.

Lo que pasa es que la muy impresentable de vez en cuando se da el lujo de venir a verme, sin un whatsapp de aviso, una llamada, un mensajito, nada. Y claro, me pilla de imprevisto. Ahora ya no hago ni té ni bizcocho, sólo le lloro en el regazo cuando viene porque a ella el té le gusta, pero siempre prefirió beberse las lágrimas de los demás a morro.

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