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Me gustan las cucharas que pesan. Esas que cuando las coges casi se te escapan de entre los dedos porque la expectativa era otra. También me gusta beber el café en vaso, largo de café y con la cuchara dentro. Y debatirme un poco entre la vida y la muerte, casi sacarme un ojo pero no. Mantenerla a ralla con el dedo índice bien firme. Las que más me gustan son las que son muy hondas pese a que son pequeñitas, y las que tienen grabados al final del mango, esas las que más.
Todas las mañanas, cuando preparo el desayuno, escojo de entre todas las cucharas la que más me gusta; y cuando sólo quedan las mediocres, ralladas de tanto viaje en el lavavajillas, tuerzo el gesto como si estuviera en medio de un vertedero. ¡¡TRAICIÓN MAÑANERA!! ¡¡EXIJO MI CUCHARA DE ENSUEÑO!!
Cucharas
La verdad es que soy un poco maniática -en fin, y quién no-, así a calladitas, que no se me note. Coloco las tarjetas y los folletos de encima de la mesa con aire distraído pero lo cierto es que lo hago a conciencia. Cuando estudio todo tiene su orden secreto, las hojas aquí, los rotuladores allá, como-me-toques-ese-maldito-cuaderno-tearrancolosputosojosdelascuencas… lo normal, vaya.

Cuando pido en un bar siempre dejo el plato y el vaso sobre la barra. Siempre dejo propina. Digo muchas veces muchas gracias cuando me sirven o me atienden en cualquier lugar. Si veo un escaparate con libros me tengo que parar a otear sus portadas o sufro un colapso interno.

Si conozco un sitio me da pereza ir a otro nuevo “por si no me gusta” y si me gusta me siento culpable porque he traicionado al anterior, así que me hago la loca cuando paso cerca. A veces he llegado a correr para que se crean que voy con prisa y que por eso no me paro. Al doblar la esquina suspiro, me estiro el abrigo y me hago la digna, a ver si con un poco de suerte me engaño a mí misma y no me creo tan gilipollas.

Me toco mucho el pelo porque me relaja y eso es porque la vida me estresa; como no puedo huir de la vida porque sin ella no soy…me paso la vida tocándome el pelo.

Hago muchas listas porque mi memoria es lamentable. Aún haciéndolas me olvido de la mitad de las cosas. Muchas veces, cuando no tengo papel a mano, me repito una y otra vez lo que tengo que apuntar para, en cuanto lo encuentre, apuntarlo. En lo que cojo el papel y el boli ya se me he olvidado.

Me molesta mucho rebuscar las llaves en el bolso o la mochila con las manos heladas. Me histeriza la gente que echa la ceniza y la colilla en los platos, les cortaría las manos con un hacha de guerra y haría un caldo con ellas.

No puedo escribir con música.

Me da vergüenza cantar en público y lo hago mal aposta. 

Tengo la imperiosa necesidad de terminar mis textos con una frase rotunda, como estelas de eco reverberando en la soledad de una cueva.

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