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El ser humano, como individuo, es un todo. Un todo a veces incompleto, no siempre perfecto…pero un todo.

Desarrollamos una forma de hacer las cosas, unas costumbres, unas manías, una rutina y por qué no, una monotonía absurda que nos reconforta. Desde que nos despertamos hasta incluso, cuando nos acostamos, hay un flujo de pensamientos tormentoso agolpándose indecente contra nuestro cráneo: ideas, opiniones, recuerdos, teorías… se cuelan juguetones suscitando sentimientos. Clavos candentes atravesando nuestro muro de continencia, sin embargo, siempre va seguido de un estado de reposo y alivio que nos permite recobrar fuerzas. El problema surge cuando hay fisuras.

En fin, esto no es algo en lo que pensemos, es así, sin más. Sucede sin que podamos evitarlo, vivimos con ello, es tan natural como respirar. El problema reside en aquellos pensamientos víricos que irrumpen como huracanes, estos malditos bastardos son las futuras fisuras.

Por estas grietas, a priori inocentes, se cuelan inseguridades, preocupaciones, esperanzas sin filtrar, amores imposibles, nervios… y ahí viene el quiebro. Ese es el momento en el que algo hace crack.

                                   -Ese puto y jodido crack-

Ese romperse algo por dentro. Contemplarse ante el espejo e intuirse roto aunque el reflejo diga lo contrario. He aquí la ironía, a veces somos un todo hecho pedazos. Y es que es complicado cuando uno se rompe por dentro. Es una desolación amarga porque se vive en soledad y es complicado compartirla. Porque…¿Quién iba a querer compartir dolor? Muchas veces las grietas se solidifican rápido, sus raíces no son fuertes, se disuelven a gran velocidad y de nuevo se reconstruye nuestra armadura. Pero ¿Qué pasa cuando el crack es sinónimo de destrucción inminente?

Supongo que lo habitual es que reaparezca la crisis, crisis que desembocan en depresiones, depresiones que desembocan en épocas de delirio con toneladas de Prozac sobre la mesilla de noche, resacas de inmensas lagunas, silencios que mellan, destruyen, taladran tus defensas. Devoran, engullen, mastican, TE ARROLLAN. Y otra vez el despertar, el contemplarte de una pieza y saberte destruido. El proyectar un todo, con un puzzle de mil piezas en el interior.

No obstante esto no siempre es malo, las crisis son necesarias, es un reencontrarse constante, con duras lecciones a recolectar por el camino. Tú decides si las echas en tu cestita de mimbre o creas un barrizal en el que hundirte hasta morir, ahogado por los excrementos de tu propia existencia. Poético ¿verdad?

Este resquebrajamiento siempre es un jodido desastre, es una masa inefable de mierda con la que despertar cada mañana.

“Debería cambiar esa persiana de una puta vez – te dices mientras alzas la mano intentando captar los rayos de luz que se cuelan mortecinos por las rendijas rotas de la persiana – si me pagaran por cada vez que digo esto sería asquerosamente ricx.
A duras penas te levantas, te observas hecho una pátina de deshechos humanos, apestando a algo inenarrable para cualquier mortal. Posas tu pie desnudo sobre el suelo gélido y un escalofrío te recorre como un látigo hasta la raíz del pelo. Rápidamente te llevas las manos al pecho, tus pezones se han erizado a modo de protesta. “PUTO FRÍO INVERNAL” Te gritas por dentro.
Y te vas al baño, arrastrando tu pena como mil cadenas de hierro, y te ves deshechx, jodidx, triste…sabiendo que aún quedan días, meses, quién sabe si años…hasta recomponerte. Pero lo harás, por ese afán de superación que caracteriza al ser humano, ese todo descompuesto que una vez fue y ya no es pero será.”

Porque igual ahora no somos pero fuimos. Y siempre hay que luchar por el seremos.

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