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Es curioso. Últimamente lo que más predicamos es la desolación. Un sentimiento que no se pronuncia, se queda ahí, a calladitas, y apenas se intuye en la mirada. Es una erosión del alma, triste y ruin.

Es la consecuencia de las promesas rotas: 

-Si estudias una carrera tendrás un buen trabajo.
-Si luchas con todas tus ganas, conseguirás todo aquello que te propongas. 
-Si lo deseas con todas tus fuerzas se hará realidad. 
-Cada uno tiene lo que se merece, ya te lo devolverá la vida con creces. 
-Es sólo una mala racha. 
-El tiempo lo cura todo. 

Y en fin, tantas más. 

De pronto te despiertas un día a medianoche y comprendes que esa parcela de tu vida, hasta entonces disfrazada, no es lo que aparentaba ser. Con una sinfonía de tick-tacks de fondo se desnuda ante ti, se despoja de su traje de gala y te muestra su cuerpo lleno de tumoraciones. De pronto la desgracia es tangible.

Y es que nos malcrían para que seamos capaces de soñar pero no nos dicen que no siempre lo que soñamos se hace realidad. Eso es algo que descubrimos con el tiempo. Y duele. Si ahora estamos tan rotos por dentro es porque tras mucho esfuerzo, tras rompernos el culo por aquello que nos aseguraron que saldría bien, nos encontramos con un matón tamaño armario de ceño fruncido ante nuestras hirsutas narices alzando los puños y clamando pelea. “¡¡Pero si a mí me dijeron que si estudiaba una carrera tendría un buen trabajo!! ¿Por qué coño estoy titulada y trabajo de teleoperadora en una subcontrata de mierda que me maltrata cada día y que mina mi puta paciencia?” La eterna pregunta.

¡Ay! Ese darse cuenta de golpe y porrazo de que todo eran mentiras con un bañito de 2 kilates de verdad. Que el futuro que tenemos ante nosotros no vale ni para tomar por culo, que hay que dejarse la piel en cada intento para salir del hoyo y que a veces, ni con esas, vas a salir indemne. Desollado hasta la extenuación con cicatrices que parecen bajorrelieves egipcios, narrando mierda antagónica que ya a nadie parece importarle.

Es triste ver personas que valen la pena, que sabes luchadoras, caer ante la desgracia de esta sociedad podrida que no tiembla ante la decadencia inenarrable. A veces pienso que yo misma valgo mucho más que este estercolero pretencioso, que si me dejaran, sería capaz de tantas cosas que los jodidos trovadores del futuro cantarían mis hazañas. Pero entonces despierto a medianoche, con el tick tack obsceno de un reloj a pilas chillándome al oído que “mi ahora” es este, el de la subcontrata, el de leer a escondidas, el de vomitar un blog a las tantas de la noche tratando de poner en orden unos pensamientos que de otra manera se perderían en la inmensidad de mis preocupaciones.

Y por eso estamos tan tristes, por eso nos sentimos tan desgraciados… porque un día despertamos con el corazón galopando en el pecho y del ajetreo se nos cayó la venda de los ojos. Comprendimos que los consejos de papá y mamá eran patrañas veladas, que nos han vaciado por dentro con un maldito funderelele. Nos han arrebatado lo que durante tantos años nos hemos dedicado a mimar, nos lo han arrancado y no nos lo quieren devolver. Y nos dejan este condenado vacío que ya no se soporta.  En fin, que a nuestros sueños hay que llevarlos al tanatropractor.

Porque Segismundo a ratos tenía razón y a ratos no, y los sueños no sólo sueños son. Son el alimento de la esperanza y por ellos hay que luchar, es lo único que nos queda.

Julianna Horvath - Broken Dreams

Julianna Horvath – Broken Dreams

                                 Por ello, ¡Luchad, malditos!

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