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Últimamente no encuentro literatura en las personas. No hay manera. No me derraman ni un par de versos tristes por los ojos que yo me pueda beber. Eso me molesta.

Viajo mucho en transporte público, no tengo carnet de conducir y no me queda otro remedio, así que cojo el Cercanías y después el Metro. Hora y cuarto por cada viaje; eso da para mucho. Bien es cierto que en lo esperpéntico del ser humano sí que encuentro unos cuantos tomos de prosa poética pero eso ya es otro cantar, yo me refiero a las personas de a pie.

Hace meses vi un señor mayor de ojos claros asirse con su mano desdibujada por las venas hinchadas a la barra del vagón. Le relucían unos sellos de oro, así como de Marqués, en cada dedo. El marco de sus ojos contaba gamberradas de juventud y tan pronto como vino, se fue y me dejó ahí intrigada, el muy rufián.

Hay alguna que otra historia bonita, como la del chico y la chica que se gustaron y se miraban de soslayo durante todo el trayecto. Moncloa, fin del viaje para él, y a falta de gónadas suficientes para pedirle el teléfono le dice adiós con una sonrisa triste y se voltea arrepentido cuando el tren reanuda su carrera.

Pero por lo demás, a día de hoy cuando me fijo en la cara de las personas, éstas sólo me devuelven apatía. A veces pienso que es un reflejo bobo de cómo me siento yo, inmersa en esa rutina dañina que empieza como una caricia y termina lijándote los huesos. Será que mi mente agotada ya no genera bonitas estrofas para la humanidad porque está demasiado podrida para mí y para mi arte mediocre. Ya no me cosquillean las puntas de los dedos, deseando escupir sobre una hoja en blanco derroches de tinta negra.

A cambio la cabeza me da vueltas y no consigo dormir, y me pregunto por qué, si por TI,  por este mundo ensangrentado o porque necesito llenar las páginas de mi vida con mis propias historias, y no con las de los demás.
Y de pronto la pobreza y las amapolas. Y la literatura.

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