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Llegó junio y con él llego un pesar anodino de los que te curvan la espalda.

Es una sensación cóncava de vacío despechado golpeándote el tórax. Un tambor misil que te atraviesa a cada beat chillándote al compás de tus latidos que estás triste y que no hay nada más que hacer. Es el ambiente, es tu percepción, son tus fantasmas. Eres tú. Todo tú, al completo, de pies a cabeza.

La tristeza oprimiéndote los pulmones. El café borboteando a tu derecha. El hilo de radio poniendo banda sonora a tus agónicos retazos de cordura. Salta la tostada, y ese clack obsceno que te despierta de tu ensoñación y hace que te des cuenta de que estás jadeando y que una retahíla de recuerdos te cortaba el paso del aire. La energía cae y se estrella como un vaso de cristal lleno de aceite contra el suelo, y lo deja todo perdido, y por más que limpies siempre te queda esa película intransigente que se niega a irse. Y así es este pesar, pesado como un peso muerto. Una procesión de desazones.

Son esos días en los que te despiertas desesperanzado sin saber el motivo. Tan solo sabes que tienes un cuchillo clavado en el corazón, un pellizco crudo y cruel que te paraliza el alma. Pero sigues, y a medida que pasa el día nada va a mejor y piensas...¿Es sólo cosa mía? No nos engañemos, los tiempos son difíciles para todo el mundo.

Todos escondemos una memoria de experiencias traumáticas tras nuestra espalda. Un tomo grueso e inconcebible de sucesos que no queremos que se repitan y cuyo mísero atisbo nos paraliza como el veneno, y que de pronto un buen día, se nos cae de las manos para aterrizar en el suelo, abierto como las piernas de una virgen maltratada.

Y notar esa punzada en el estómago y querer vomitar, ese crepitar de entrañas ardiendo bajo tu vientre. Esa tristeza pura e inexplicable comiéndote la vida. La mente abotargada, esa tensión casi dolorosa en la garganta que te empuja al abismo cada vez que tragas saliva. Y no poder explicarlo. Y saberte triste. Intuirte impotente. Romper en llanto y reponerte. Salir a la calle y la tormenta.

Yo lo llamo estar emocionalmente devastado, otros lo llaman melancolía y los griegos decían que era un no parar de regurgitar bilis negra. No siempre necesita de una explicación coherente. A veces es simplemente un estado de ánimo, uno de esos que perduran lo justo y que no se van salvo que llegue un milagro en forma de abrazo. Sentirse desconsolado es un síntoma de este catarro emocional, tan solo se mitiga con un bálsamo que aplicado en su justa medida transforma en solubles las viejas preocupaciones y añade dos cucharitas de las nuevas, y aunque son potentes no arraigan como raíces de ciprés en un jardín de lilas.

~Así que buscad desesperados vuestro bálsamo y tenedlo a mano, aunque a veces llega sin esperarlo y eso templa más el alma~

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