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En mi casa hay un colador que me recuerda a la cabeza de un bebé. Es un pensamiento un poco sádico -aunque odio este término- puesto que la malla se hunde cuando presionas ligeramente con la esponja y a mí siempre me ha dicho que tenga cuidado cuando coja un bebé porque su cabeza está blanda. Pensándolo bien quizá mi disfuncional relación con los niños empiece por ahí, miedos inducidos a espachurrarles la cabeza a los minihumanos. 

El caso es que está siendo un mes de muchos cambios, tengo la cabeza más vacía de lo normal, quizá por intentar dejarle sitio a lo nuevo, quizá por querer olvidar lo malo que se queda atrás. El yugo materno, el trauma paterno, la inexistente familia, la soledad inducida, el miedo a pensar -este último, un bastardo de mucho cuidado-.

Es curioso, siendo una persona que le da mil vueltas a todo, cómo puedes desdeñar por puro pánico una acción que realizas sin ser consciente. Pensar. Maldición.

Hace un par de años decidí que lo mejor sería llenarme los días de actividades, es la forma más sencilla de cortar el flujo del flagelamiento neuronal. En fin, para qué autoagredirse. Poco a poco dejé de cuestionarme determinadas cosas y me vi imbuida en una rutina venenosa que apenas me dejaba tiempo para nada. A medida que fue pasando el tiempo, la cantidad de actividades empezaron a ser más, enlazaba unas con otras, no dejaba más que unos minutos entremedias para no sufrirme demasiado. Dejé de leer porque estaba demasiado cansada, dejé de escribir porque estaba demasiado podrida, dejé dejé dejé y a cambio aceptaba todo posible plan. A día de hoy puedo decir que fue una forma de autocondenarme, te condenas a no cuestionarte, te condenas a intentar no sentir, te obligas a acostumbrarte a un estado existencial que te anula. Al final del día estás tan agotado que no existe una forma decente de mantener el tipo y te arrinconas con tu alma entre los brazos en la esquinita del sofá, esperando que la pesadez del día te atrape y te someta a la inquina madrugada.

Hubo unos meses en los que no podía mirar por la ventana porque no la tenía, que ya ves tú menuda tontería ¡una ventana!, Sin embargo, las sombras son más espesas sin la ilusión de una ventana que deje que la luz pase de forma inesperada de vez en cuando. Las ocho horas diarias fuera de casa se habían convertido en doce, la vida la metía en una mochila moribunda y un tupper de sobras. Las ganas se me escabulleron por el roto del bolsillo. Y así pasó otro año.

Ignoré las fechas que me duelen, ignoré la punzada en el estómago, ignoré las del corazón… hasta que algo que me las recordaba en forma de bofetada emocional. Las pocas relaciones que tenía establecidas con el mundo se diluían entre distancias exageradas y discusiones; no había consuelo, se lo llevaron las cuerdas de los instrumentos queventana retoque pendían en la pared de casa.

De modo que decidí que lo mejor que podía hacer era regalarme tiempo, tiempo que cure, tiempo que me re-enseñe a aprehender lo que ya olvidé por querer ahogarlo. Retomar, re-sentir, SER.

Y por eso ahora friego un colador que me recuerda a la cabeza de un bebé, porque aunque la ventana no me muestra el cielo de Madrid, vuelvo a tener una ventana…y eso ya es algo.

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