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Es la primera vez que miro mi ciudad con estos ojos. Ojos mitad curiosa, mitad desconcertada. Soy una nueva inquilina.

Las dos de la mañana es una hora un poco jodida para sentirse desubicada en tu propia ciudad. Salir del trabajo con el cerebro en escabeche, amargada por una jornada demasiado intensa para cualquier mortal, la lengua de trapo de tanto repetir las mismas frases manidas y sin sentido que exige la compañía. Y con la esperanza en cuarentena. 

Hoy la travesía es obligatoria, no queda otra. Dos horas de trayecto atravesando las carreteras de fuera hacia dentro, como una aguja atraviesa distintas capas, desde la epidermis hasta el corazón. Tengo que coger tres autobuses y lo que se me va entre uno y otro es la vida. Minutos interminables de espera donde te das cuenta que cuando cae la madrugada, con ella cae un velo enrarecido sobre la gente. Ya no son personas como tal, son sospechosos de algo más. Durante el día, puedes fiarte por instinto de según quién durante tus trayectos. En cambio, si son las farolas las que te alumbran el camino, esos extraños son peligros potenciales en su más elevado exponente. Así funcionan nuestros sentidos. Alerta.

Fuera de ese nivel de desconcierto humano, es bastante fascinante observar tu ciudad como la observa un turista; las ornamentas de los balcones se tambalean desde la ventana del autobús, las fachadas labradas hasta la extenuación, las cúpulas alumbradas por focos que nunca supiste que estaban allí. Caminar las calles húmedas por el servicio de limpieza, observar a los borrachos dudar con cada paso, las caras de agotamiento de los que venimos de trabajar.

Tercer autobús, ya casi en casa. Catástrofe.

Tenía que pasar, oh sí. La pérdida. Perderse difumina una sensación muy extraña por todo el cuerpo. Te eriza los pelillos de la nuca porque te sientes en peligro, te crea un semi vacío en el estómago a caballo entre el terror y la curiosidad. Exacerba el sentimiento de inutilidad que todos llevamos dentro y te flagela con látigos de siete colas y puntas afiladas al fiero grito de: RETRACA MENTAL. Y es que cómo jode perderse, maldición.

~El reloj cantaba las 4 de la mañana con una voz de soprano tenue y ceniza. Las cuatro. El móvil olvidaba el mundo entre coletazos de sufrimiento, tratando de mantener el último ápice de luz iluminando la pantalla rallada por el polvo. Mientras tanto, en la carretera apenas cuatro coches bailaban el swing del motor. Ahí te pudras por tonta inútil -me decía una segunda línea de pensamiento- Ahí te pudras por no haber mirado bien el itinerario. ¡¡Merecido!! ¡¡¡Y más que merecido jodida confiada!!! Y sin saber si llorar, gritar o maldecir me senté en un banco diabólicamente incómodo y dejé los minutos pasar, uno detrás de otro y en fila india. Hambre y un señor con camisa verde lima, de olor suave y penetrante. Huele bien, es agradable. Huele a ropa limpia. Qué hace un señor tan extraño a estas horas aquí. Tiene cara de buena gente. No, no le mires, no te vaya a dar conversación, eso sería una hecatombe que, bien sabes, acabaría fatal.
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Me avisa cuando llega el autobús y vuelvo al punto de partida. Exhausta, idiota, adolorida, quejumbrosa, reventada. Estúpida. Confiada. Ay.

A las 5 luchaba con la cerradura de la puerta. 5:30 la cama, el insomnio. Perder el recuerdo. Las 11:40. FUCK.

Otro día sin Inglés.

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