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Todas las noches echo el cerrojo de la puerta. Ese que tiene cadenita, como si esperase que retuviera a los demonios bien fuera. Existe un problema y es que mi puerta es vieja y quebradiza y se mete el aire frío por debajo. Así que si los demonios quieren, tienen la entrada gratis y sin dress code.

Pero yo lo echo igual, no vaya a ser. Lo echo porque además la cerradura es un fiasco, y aunque cuesta hacer juego con la llave, si te pones, a poco que le pegues dos porrazos la abres como ladrón de guante blanco. Que oye, tampoco hay mucho que robar, pero yo la  cerradura la echo igual, no vaya a ser.

La cosa es que todo tiene su aquel, hay días que no descorro el cerrojo, porque para qué, si no voy a salir de casa. Y el cerrojo se queda en su sitio, guardando el tipo durante 48 horas o más. Ese cerrojo es una metáfora de mi vida. Estancadito hasta que se le pide que se mueva, que molesta para salir. Me tiene resguardada pero cuando hay que vivir, mejor lo apartamos, no vaya a ser (que la liemos).

Me he encontrado con muy mala gente en un período muy corto de tiempo. Gente que parecía ser casi familia pero luego no. No sé, cosas que pasan pero que no dejan de doler. Compartes tu comida, tu cama, tus horas, tus días, tus risas… pero al final eso no vale nada, eso no hace que salgan en las fotos. Así que abren el cerrojo y se van, no vaya a ser (que les coartes su libertad de ser famosos).

Al principio piensas “puede haber concilio”, “no tenemos los mismos intereses pero con respeto y empatía todo irá bien” pero no hay respeto ni hay empatía. Así que… a esos también les he echado el cerrojo, virutal eso sí, no se lo he tirado a la cabeza (aunque ganas no me faltan).

Echar el cerrojo es necesario, cerrar el acceso a tu vida y por ende, a tus redes -que ahora son reflejo (maquillado) de nuestro día a día, de nuestros gustos y placeres-. Siempre había pensado que bueno “no merece la pena liarla, total el mal ya está hecho, qué gano yo…” pero los treinta (dichosos ellos) me han enseñado que lo que ganas es satisfacción y a veces es muy necesaria. Es como cuando comes fabada y te pasas el día acompañado y no te puedes tirar ese pedo atronador que te está haciendo kung-fu en el vientre, qué horror joder, tú ahí aguantando estoica y el gas venga a reclamar que quiere ser libre y quiere serlo YA. Pues esto funciona igual, palabras que no dices, palabras que con su hedor y todo te reabsorbe el cuerpo y te envenenas de tu propio ser. ¡Hay que soltar el pedo, coño! Así que últimamente, me he dedicado a decir cuatro cosas bien dichas a todo aquel que me ha herido recientemente (no han sido pocos, insisto). Me he imaginado sus caras de “¿qué? ¿yo? Pero ¡entiéndeme! es lo que yo quiero, no iba con mala intención” y es que estoy del #noesconmalaintención hasta el coño moreno. Así os lo digo. Hasta el puto coño estoy del yomimeconmigo y de los filósofos de andar por casa que sueltan perlas del tipo: “ellos sabrán en qué han errado y no necesitarán de más explicación si no saben interpretar tu silencio”. Y yo, que cada día tengo la misantropía más arraigada, soy más de pensar que la gente es inútil y que si es tan retraída mental como para hacer cosas que obviamente dañan a las personas que tienes cerca o a ti mismo, se merecen una retaíla de palabras contundentes que les deje claro tu punto de vista, total estás en tu derecho así como lo están ellos de postear/decir/ser mierda. La oportunidad de réplica ya la decidís vosotros pero con el pedo no os quedéis, que luego vienen los llantos nocturnos y el aerored por litros a las cinco de la mañana.

De modo que, para protegernos de los egos, lo mejor es echar el cerrojo. Con él vendrán etapas duras de soledad, porque bueno, al final creas un muro -no muy sólido- en el que  el frío del invierno y los demonios te entran por debajo de la puerta pero al menos mantienen a ralla por un tiempo las caras de los ineptos que no quieres ver. Si es que ya lo dice el refranero: mejor sola que mal acompañada.

Y solita me quedé (no vaya a ser).

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